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12 Dic 2019

Yan Lianke, literatura china contemporánea para unir la vida y la muerte

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Una planta de maíz, un viejo, un perro ciego y un pueblo abandonado, es todo lo que necesita el escritor chino Yan Lianke (Henan, 1958) para dar una visión esencial de la existencia humana: cómo atravesar la vida para llegar a la muerte con un sentido y la relevancia del legado como parte de ese sentido. El tema no es precisamente nuevo, ha sido objeto perenne de las cavilaciones del ser humano desde que tiene consciencia de sí mismo. Precisamente por este motivo, revisitarlo sin entrar en el estereotipo es un reto narrativo.

La novela de la que hablamos es Días, meses, años, que estrena este otoño su primera versión en castellano en una edición de Automática Editorial, traducida por la sinóloga Belén Cuadra. Escrita en 1997, narra en 114 páginas cómo una sequía voraz y la emigración súbita de un pueblo entero abocan a un anciano y un perro a una soledad absoluta. La fisura será una planta de maíz que, con ingenio, el protagonista intenta hacer crecer en medio de la penuria.

El autor, habitual de las quinielas al Nobel de Literatura, tiene en esta obra un punto de inflexión importante en su evolución literaria. Relata en ella el éxito final de la vida, a costa de renovarse tras un paradójico peaje de muerte.

Lenguaje suprasensorial

En este esquema brilla el uso de un peculiar recurso literario, “la creación de un lenguaje suprasensorial”, un imaginario sensitivo que ha permitido a Yan “mezclar sensaciones para expresar emociones”, explica el escritor a RTVE.es. “Olor a cereal de azul puro”, “ladridos magentas”, “exclamaciones rojiblancas”, describen al que ejerce la acción y al que la experimenta.

Por ejemplo, el silencio en Días, meses, años es un espacio escénico en el que se oyen “los rayos de sol entrechocar y el suave crujir de la luz de luna al tocar el suelo”. El resultado es un dibujo de sufrimiento hondo en cuyas palabras flota una rara sensualidad.

Este recurso da identidad a la novela: “Cada historia debe tener su propio lenguaje”, señala el autor, “es lo más difícil”, añade. El escritor chino reconoce que la fórmula tuvo éxito para su público original y, después de más de veinte años, “aún está presente en la mente de los lectores”, dice.

La peculiar tarea de relatar China

La emigración, la búsqueda de oportunidades, la supervivencia y los conflictos a los que someten a los humanos, son una constante en China y en el universo literario de Yan Lianke. En esta clave, sus obras han ido construyendo un retrato crítico de una sociedad en la que el carácter autoritario unido a la persecución de la riqueza, se han convertido en un rodillo para aquellos que solo desean vivir una vida tranquila.

Días, meses, años, además de un capítulo literario más, fue una suerte de sustrato que ayudó a germinar el universo posterior de este autor: “Este libro fue para mí una despedida del realismo chino y el comienzo de un tipo nuevo de escritura”, apunta. Lo que vino después en Yan Lianke es el “realismo espiritual”, un modo de abordar la descripción de la nueva realidad china, muchas veces oculta por su propia dimensión, y su denuncia a través de universos ficticios; una narrativa con características chinas, para “revelar y describir una verdad no visible”.

“El ‘realismo espiritual’ es más tardío” al título analizado, reconoce el escritor, pero “no cabe duda de que se encontraba latente en mi obra de esa época, que contenía ya su semilla”, insiste. Un exponente de esta corriente es Crónica de una explosión (Automática Editorial, 2018), en la que Yan Lianke hace una fuerte crítica del desmedido afán por la riqueza y sus consecuencias en la China actual.

En todo este tiempo, Yan ha consolidado un estilo personal y una reputación en una obra que retrata el alma de una época, la de la China actual, fruto de la inspiración comunista y las herramientas capitalistas.

Visión de la vida y la muerte, un ciclo infinito

La obra de este escritor procesa una parte de la China contemporánea, pero, como todo lo relacionado con este país oriental, está íntimamente impregnada de la vieja tradición, y así lo confirma en este título: “Vida y muerte, o vivir y morir forman, en mi opinión, un todo. La vida es muerte, y al contrario. Este todo indivisible forma parte del pensamiento budista chino y de nuestra cultura popular. No puedo abordar la muerte y la vida por separado, del mismo modo que no podemos separar cabeza y cuerpo”.

Y este ha sido el eje vertebral, reconoce el autor, de una novela concebida y escrita en muy poco tiempo: “La conclusión del libro es una suerte de visión cíclica y filosófica, concreta y profunda de la relación entre la vida y la muerte. Es una muestra de cómo veo el mundo, una manifestación cultural de la infinita sucesión del ciclo de la vida y del espíritu de superación de los seres humanos. Es preciso aclarar que el final de la novela no llegó como resultado del proceso de escritura, sino que estaba ya en el instante en que surgió la inspiración”.

El universo de Yan Lianke

Años, meses, días ha aparecido en castellano más de veinte años después de su primera publicación. Eso permite, si se han leído otros títulos de Yan Lianke, identificar la evolución y la permanencia de sus arquetipos y sus guiños.

También pervive en sus libros el vínculo hacia los escenarios, como la Sierra de Balou, reconocibles en otros universos literarios: “La sierra de Balou, el condado de Yoknapatawpha de Faulkner, el Macondo de García Márquez o la aldea Lu de Lu Xun guardan todos cierta relación. Diría que la sierra de Balou es la combinación de los otros tres”, afirma.

Siempre con peso en sus narraciones, los ancianos no dejan de estar presentes. Como muchos viejos chinos, recuerdan socarronamente una juventud de hazañas, audacias y apetitos. Sus conclusiones acaban siendo piedra de toque en la trama. Algunas de sus historias parecen el relato de cómo instalarse en la vejez con dignidad, asumiendo un protagonismo natural que solo es posible siendo viejo. Algo para lo que hacen falta días, meses y años, por supuesto.

Fuente: http://bit.ly/2LJFYZp