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3 Abr 2017

Corea del Sur: las varias vidas de Park

La fotografía de aquella victoria electoral parecía el merecido final feliz de una vida esculpida por tragedias, el necesario broche de una inspiradora historia de superación personal: Park Geun-hye, conocida por su gesto adusto, sonreía sin recato cuatro años atrás mientras el rapero PSY amenizaba la fiesta con su celebérrimo Gangnam Style.

Pero en la biografía de Park pesará más la fotografía de este viernes 31, entrando en un centro de detención de Seúl con su recuperado semblante pétreo. La Justicia ordenó su ingreso por la acumulación de indicios delictivos y el riesgo de destrucción de pruebas en el escándalo de corrupción que le costó el cargo.

En los 65 años de Park caben varias vidas. La historia la recordará como la primera mujer que alcanzó la jefatura de Estado en un país patriarcal y también como la primera inquilina de la presidencial Casa Azul que no cumplió su mandato en más de tres décadas de democracia.

Los méritos personales de Park no escasean pero es imposible explicarla ni entender Corea del Sur sin acudir a su árbol genealógico. Su padre fue el dictador Park Chung-hee, una figura aún divisoria.

Ocupó el poder desde el golpe de Estado que perpetró en 1961 hasta su muerte en 1979. Sus méritos están claros: encontró un país devastado por la guerra coreana (1950-1953) y lo dejó en la cúspide del continente con audaces políticas y una veloz industrialización. Cuesta creer que su economía estuviera entonces por debajo de la de su vecino del norte.

También están claros sus defectos: eliminó la libertad de expresión, de información y asamblea, estimuló la detención, tortura y muerte de disidentes y retrasó la llegada de la democracia. También cuesta creer que entonces fuera la Corea bajo el Paralelo 38 la señalada por la comunidad internacional por sus violaciones de derechos humanos. Lo que aún debate la sociedad surcoreana es qué pesa más en su balance.

Su hija gestionó el legado con equilibrismo durante las elecciones: pidió perdón por los abusos paternos pero justificó por imprescindible el golpe de Estado. El apoyo aplastante de los más mayores alzó a la presidencia al partido conservador Saenuri que lideraba Park frente al Partido Democrático Unificado de Moon Jae-in, un antiguo activista encarcelado durante la dictadura.

Tragedias de vida

Su primera estancia en la Casa Azul había estado salpicada de tragedias. Un japonés al que le sobraba simpatía por Corea del Norte y la faltaba puntería mató a su madre cuando apuntaba a su padre en 1974. Park, a sus 23 años, asumió las funciones de primera dama acompañando al dictador a los actos oficiales y departiendo con los escasos líderes internacionales que entonces asomaban por Seúl.

Cinco años después, su padre sufrió otro atentado. Esta vez fue su propio jefe de seguridad y no falló. Park, abatida y desconcertada, buscó apoyo en el oscuro líder de una secta llamada Iglesia de la Vida Eterna que defendía una confusa mezcolanza de budismo, cristianismo y chendoísmo local.

Choi Tae-min se casó seis veces, utilizó siete seudónimos y se autoerigió en el futuro Buda. Choi, que convenció a Park de que podría comunicarse con su madre en el más allá a través de él, ejerció de mentor hasta su muerte en 1994.

“Abundan los rumores de que el pastor tiene un control absoluto sobre el cuerpo y alma de Park desde sus años de formación y que sus hijos han acumulado grandes fortunas”, señalaba la embajada estadunidense en aquella época, según un cable filtrado por Wikileaks.

Aquella relación aún genera desconcierto. Park desmintió que hubiera tenido un hijo con él.

La muerte de su padre empujó a Park hacia una vida que ella ha calificado como “normal”. Estudió ingeniería electrónica en la Universidad Sogang de Seúl y no fue hasta la crisis de los mercados asiáticos de finales de los 90 cuando creyó que el país demandaba otra vez de su estirpe.

La “reina de las elecciones”

Tampoco sus inicios políticos fueron fáciles. Un perturbado la hirió con un cuchillo en un acto electoral y aún hoy es perceptible la cicatriz. Después de algunas derrotas alcanzó un asiento en la Asamblea Nacional en 1998 y empezó a encadenar éxitos sin fallo. Más de 40 victorias consiguieron los conservadores bajo su mando, lo que le valió el apodo de la “reina de las elecciones”.

Park fue un tsunami en una sociedad patriarcal: ingeniera, soltera, sin hijos y admiradora de Margaret Thatcher y Hillary Clinton. En las elecciones cambió su eslogan “Campaña de felicidad nacional” por “Una mujer preparada para ser presidente”.

Que una mujer alcanzase el poder es algo más que anecdótico porque el país ocupa la cola en igualdad de géneros en el mundo desarrollado. Corea del Sur, como Japón, no ha acompañado el despegue económico con más derechos de la mujer. Estas sufren sexismo, discriminación salarial y trabas en los negocios y la política.

De Park se recuerda que, cuando le comunicaron el asesinato de su padre, su primera reacción fue preguntar si la frontera estaba asegurada. Las crónicas de aquellos días apuntalaban el entusiasmo por contar con una lideresa con el carácter suficiente para reflotar una economía declinante y enfrentarse a las diarias provocaciones norcoreanas. Su mano dura pronto exasperó a Pyongyang, cuya prensa oficial le dedicó los peores epítetos.

Su mandato inconcluso nunca estuvo a la altura de las expectativas. Los que esperaban un vuelco en la política sexista vieron con desolación que sólo nombró a dos mujeres en los 18 ministerios de su gabinete. Tampoco sus logros económicos son relevantes y sus detractores enfatizan el clima de tensión permanente en la península.

Su gobierno caminaba hacia lo insustancial cuando en 2004 se hundió el barco Sewol y murieron 304 personas, en su mayoría niños. Park tardó siete horas en reaccionar y el vínculo con su pueblo acabó de romperse al comprobar su falta de liderazgo en la adversidad.

“Las ocho hadas”

Pero fue el gran escándalo de la Rasputina el que precipitó su expulsión. La prensa examinó en octubre pasado una microcomputadora perdida de una vieja amiga de Park y comprobó con estupefacción hasta qué punto influía en los asuntos nacionales.

Esa amiga, Choi Sool-sil, es hija de aquel oscuro predicador del pasado. La amiga, sin cargo ni oficina conocidos, recibía y enmendaba los discursos oficiales, supervisaba las políticas económicas y con Corea del Norte e incluso elegía el vestuario de Park. Las revelaciones de la prensa durante las semanas siguientes hablaban de un grupo secreto llamado “Las ocho hadas” formado por Choi que pilotaba el país desde la sombra.

La prensa también reveló que la prestigiosa Universidad Ewha hubo de incluir las victorias en campeonatos ecuestres entre sus criterios de acceso para hacerle un hueco a una hija de Choi. El asunto escandalizó a un país con una competitividad tan extrema en las aulas que provoca suicidios juveniles.

Después se supo que Choi había utilizado la influencia de Park para ordeñar a las principales multinacionales surcoreanas. Dos fondos creados por la Rasputina con presuntos fines culturales recibieron donaciones por 70 millones de dólares.

La estupefacción derivó pronto en ira. El índice de popularidad de Park se derrumbó y decenas de miles de surcoreanos se manifestaron cada fin de semana frente a las oficinas gubernamentales para exigir su cese.

Ni la remodelación a fondo del gobierno ni la admisión parcial de sus errores aplacaron al pueblo ni a la oposición. Primero el Parlamento y después el Tribunal Constitucional firmaron por unanimidad su impeachment. También para la Historia quedará la foto del camión de mudanzas saliendo de la Casa Azul dos semanas atrás.

El legado que deja Park ofrece menos dudas que el paterno. Detrás deja sólo tierra quemada. El escándalo ha salpicado al fondo de pensiones y a los grandes conglomerados empresariales que sustentan la economía nacional.

También ha sido arrestado por sobornos Lee Kyu-chul, presidente de facto de Samsung. En el mismo centro de detención se juntan desde hoy Park, Choi y Lee, probablemente las personas más poderosas del país meses atrás.

El horizonte de Park se presenta sombrío. Se da por descontado que será juzgada por sobornos, abuso de poder y filtración de secretos de Estado, delitos que por separado contemplan penas de 10 años. El tránsito en apenas 10 días de los lujos de la Casa Azul a las estrecheces de una celda certifica que, como se dijo de los Balcanes, genera más Historia de la que el mundo puede digerir.

Fuente: https://goo.gl/9NLT3f